En un oasis escondido entre los más lejanos paisajes del desierto, se encontraba el viejo Eliahu de rodillas, a un costado de algunas palmeras datileras. Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis a abrevar sus camellos y vio a Eliahu transpirando, mientras parecía cavar en la arena.
– ¿Que tal anciano? La paz sea contigo.
– Contigo -contestó Eliahu sin dejar su tarea.
– ¿Qué haces aquí, con esta temperatura, y esa pala en las manos?
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Nos pusiste, Señor,en esta tierra
como luz, como hoguera abrazadora,
a nosotros, que apenas mantenemos
la fe de nuestras lámparas.
Nos dejaste, Señor, como testigos,
como anuncio brillante entre la gente,
a nosotros, un pueblo vacilante,
tus amigos de lengua temblorosa.
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Había una vez, algún lugar que podría ser cualquier lugar, y en un tiempo que podría ser cualquier tiempo, un hermoso jardín, con manzanos, naranjos, perales y bellísimos rosales, todos ellos felices y satisfechos.
Todo era alegría en el jardín, excepto por un árbol profundamente triste. El pobre tenía un problema: “No sabía quién era.”
Lo que le faltaba era concentración, le decía el manzano, si realmente lo intentas, podrás tener sabrosas manzanas. “¿Ves que fácil es?”
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Cuentan de un sabio que vio como un alacrán se estaba ahogando. Decidió sacarlo del agua, pero cuando lo hizo, el alacrán lo picó. El profundo dolor de la picada lo obligó a soltarlo y el animal cayó al agua, empezando de nuevo a ahogarse.
El buen hombre intentó sacarlo otra vez, y otra vez el animal lo picó.
Alguien que observaba la escena, se acercó al sabio y le dijo: “Perdone, pero usted si es terco. ¿No entiende que cada vez que trate de sacarlo del agua, el alacrán lo picará?”
Respondió el sabio: “La naturaleza del alacrán es picar y eso no va a cambiar la mía, que es ayudar.” Y entonces, tranquilamente, sirviéndose de una hoja, sacó al animalito del agua y le salvó la vida.
Manos las de mi madre, tan acariciadoras,
tan de seda, tan de ella, santas y bienhechoras.
¡Sólo ellas son las santas, sólo ellas son las que aman,
las que todo prodigan y nada me reclaman!
¡Las que por aliviarme de dudas y querellas,
me sacan las espinas y se las clavan en ellas!
Para el ardor ingrato de recónditas penas,
no hay como la frescura de esas dos azucenas.
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